
En el ex convento del Carmen en San Ángel Inn, al sur de la ciudad de México, acudían diariamente a la misa de las 6 de la mañana, la primera, las mismas 8 personas que eran unas viejas beatas cuya vida giraba en torno a esta celebración. Al sonar la sexta y última campanada de la torre de la iglesia anunciando el inicio de la Santa Misa, las 8 beatas se hallaban invariablemente ocupando su sitio dentro de la iglesia, siempre en las mismas bancas, cada una separada y alejada de las otras, como si el sentarse juntas pudiera provocar una falta de concentración en la misa, o provocar alguna falta de devoción.
Cierto día a principios del siglo pasado, se hallaban dichas damas esperando la misa, cuando de pronto apareció una beata más. Nadie la había visto nunca, y rompiendo el esquema no escrito que se había aceptado por todas las participantes, fuese a colocar junto a una de ellas con su misal en la mano. La presencia de una nueva integrante pareció incomodar de alguna manera a las otras 8 beatas, que se habían posesionado de la misa de 6:00 en mudo acuerdo, sin embargo nadie hizo comentario alguno, y la misa se celebró de la manera habitual.
Nadie había visto el rostro de la dama que aparecía siempre cubierta con un denso velo negro. A nadie llamaba la atención el hecho, ya que en aquel entonces era común que las viudas anduvieran por la calle cubiertas con el velo negro, señal de su luto eterno por su marido. Durante varios días estuvo acudiendo esta desconocida dama a la misa de 6:00 sin intercambiar palabra ni gesto alguno con las demás beatas, sentándose siempre junto a la que había elegido desde el primer día.
Sucedió que uno de los días, la dama permaneció sentada toda la misa, sin arrodillarse ni ponerse en pie cuando así lo indicaba la liturgia. Esto desconcertó por supuesto al resto de la concurrencia, quienes se sintieron en verdad molestas por la situación. Cuando todas salieron al atrio, habiéndose concluido la misa, la misteriosa dama permaneció dentro del templo, por lo que todas pudieron comentar su disgusto ante la falta de respeto mostrada por la intrusa al no arrodillarse ni siquiera en el momento de la consagración, lo cual verdaderamente juzgaron de sacrilegio. La dama siguió asistiendo a misa, pero nuevamente permanecía sentada durante todo el oficio, sin hacer las reverencias y genuflexiones esperadas.
Cierto día apareció por el templo una nueva participante. Esta nueva integrante de la misa de 6:00 fue el remate para las 8 beatas que creían acaparada la ceremonia para su exclusividad. Amén de ser otra intrusa, se molestaron más aún porque era joven y hermosa. Resulta ser que la joven decidió sentarse en la misma banca que la anciana desconocida, y cuando se dio cuenta que ésta no se arrodillaba para la elevación, se acomidió a ayudarla, suponiendo que no tenía la fuerza para hacerlo por sí misma, y cuál va siendo su sorpresa que al intentar tomarla del brazo, ¡Su mano no hizo contacto con él, sino que se topó con un vacío!
La joven no pudo evitar exhalar un grito, a lo que tanto el sacerdote como las beatas reaccionaron viéndola con el fuego de la condenación eterna en los ojos. La pobre muchacha temblaba convulsivamente y no podía emitir palabra, solamente señalaba a la anciana que permanecía impávida, sentada en la banca. Todos hicieron caso omiso de los gestos de la joven. Finalmente ésta se recuperó, y en cuanto pudo con valor levantó el velo de la viuda, viendo entonces un rostro cetrino como de otro mundo, que la miraba con unos ojos llameantes y una mirada fija y vidriosa que provocó el terror de la muchacha.
Sin embargo, una fuerza la impulsó a hablarle y a decirle ¿Le sucede algo? a lo que la dama respondió con una voz cavernosa y profunda. Sí, soy un espíritu del otro mundo, un alma del purgatorio que ha quedado atrapada en este cuerpo penando y vagando para pagar mi crimen, pero ya estoy cansada y necesito ayuda.
Al oír esta confesión, la beata que estaba junto a ella quedó petrificada, y se desmayó cayéndose estrepitosamente al suelo. El padre hubo de suspender la ceremonia para auxiliar a la vieja que se había desmayado, llamando al acólito para que le ayudara trayendo sales para reanimarla. Cuando todos voltearon a buscar a la viuda, ésta había desaparecido sin dejar huella. Al día siguiente, llegaron las beatas a la hora acostumbrada, temerosas de encontrarse con la viuda, y mirando de reojo si aparecía la hermosa joven del día anterior, pero ni una ni otra aparecieron ese día.
Ya más tranquilas de haber recuperado su terreno, las beatas acudieron a la misa al día siguiente, con confianza, cuando van viendo de nuevo a la viuda sentada en la misma banca. La beata no se sentó junto a ella, sin embargo la joven, que llegó un poco después, se acercó y se sentó nuevamente junto a la viuda a quien volvió a preguntar si quería algo. La anciana respondió nuevamente que era un alma en pena y que necesitaba de ayuda. La muchacha se animó entonces a preguntarle qué era lo que quería. La anciana respondió que necesitaba de oraciones para poder descansar en paz. En un arranque de desconfianza la muchacha le dijo: ¿Y cómo sé que en verdad es usted un alma en pena, tiene algún modo de comprobarlo? A lo que la anciana le respondió: Dame tu misal. La muchacha entregó temblorosa el misal a la anciana. Ésta lo tomó con la mano derecha, y colocando la izquierda sobre la cubierta del misal, lo traspasó hasta la otra tapa, dejando ver una mano de fuego que quemó las hojas con la forma de su mano, y sin provocar ningún incendio. Después de esto, desapareció frente a las estupefactas miradas de todos los presentes, y solamente se oyó su voz cavernosa suplicando: ¡Recen por mí, libérenme de mi tormento!
El sacerdote se aproximó a la joven y tomó el misal de entre sus manos. El misal quedó marcado a pesar de que la anciana ya se había ido. El cura decretó entonces hacer un novenario por aquella alma en la misa de 6 durante los siguientes días.
La anciana no volvió a aparecer. Al concluir la novena misa, la puerta del templo se cerró con estrépito, y un viento helado envolvió la iglesia. Se escucharon cadenas arrastrando y voces lastimeras. Finalmente surgió un rayo en medio de la iglesia, y se oyeron cantos de alabanza a Dios, y una voz que dijo: Gracias al fin puedo descansar en paz.
El misal fue enviado a Roma, y permanece en un sitio especial en el Vaticano, donde se dice que se guardan las pruebas de sucesos inexplicables.